Las Hannah Baker de la vida real que no retrata ‘Por trece razones’

CARLOTA CHIARRONI

Por trece razones

“Eres una guarra”. “¿Esa? Esa tiene fama de fácil”. “Deberías suicidarte”. Esas frases repetidas de manera sistemática, casi a diario, marcaron la adolescencia de algunas jóvenes que, como Marina (nombre ficticio para preservar el anonimato), vivieron el acoso en primera persona. Para ellas, el instituto fue una jungla de la que no sabían cómo escapar. Insultos, descalificaciones, amenazas… El final de la etapa escolar se situaba demasiado lejos, y en la mayoría de los casos fue un calvario que sufrieron en soledad.

Hannah Baker, la protagonista del último éxito de Netflix —producida por Selena Gómez, también víctima de acoso escolar—, refleja eso mismo en televisión. La serie Por trece razones retrata los motivos que llevaron a la joven a quitarse la vida, entre ellos y como nota predominante está el bullying. Los cuenta en 13 cintas de cassete a través de las que apunta con el dedo acusador a los culpables de su suicidio, con el único objetivo de remover conciencias, de dejar constancia de su verdad. Pero su caso no es único ni aislado. Impacta porque aborda un tema tan real y cercano que duele.

“Cuando vi la serie me recordó a los comentarios que me hacían a mí cuando me llamaban guarra”, comenta al otro lado de la línea Marina, una asturiana de 19 años afincada en Madrid que a los 14 intentó suicidarse. Lo hizo con pastillas, harta de seguir luchando: “La situación me podía y había días que no podía salir de la cama”.

El acoso escolar que sufrió durante años, y que llegó a desembocar en pánico cada vez que llegaba a clase y escuchaba las risas de quienes se metían con ella, fue uno de los motivos que la llevaron a tomar esa determinación. Por teléfono recuerda el instituto como un verdadero infierno que prefería no pisar. “En tercero de la ESO se inventaron que estaba embarazada, que había abortado y por eso me llamaban asesina; nadie me preguntaba si eso era verdad. Al principio eran eso, rumores. Pero un año después me llegaron notas a la taquilla diciéndome que me tenía que suicidar“.

La situación se alargó durante años, porque si hay algo que muestra la ficción de Netflix con fidelidad es que el bullying no son episodios aislados, sino miles de gotas de agua que terminan por rebosar el vaso, de ahí, en parte, su buena acogida y el aplauso de crítica y público. “El bullying son pequeñas tonterías que se van acumulando y es lo que retrata muy bien la serie”, opina Luz (nombre falso). Ella sufrió acoso en un colegio de Madrid de “segundo de la ESO a primero de bachillerato”. “No quería pisar el instituto. Solo sacaba buenas notas para no tener que repetirlo“.

No hay un solo acosador

Sus compañeros no tenían piedad: se reían, la amedrentaban, la amenazaban con pegarle a la salida, la apartaban del resto… El pánico terminó por apoderarse de ella cada vez que se acercaba el lunes. Y así los nueve meses del curso escolar. Lo más duro fue sufrir el calvario en solitario: “Mis padres se pensaban que mentía para volver al colegio anterior. Estaba tan frustrada que me dieron ataques de ansiedad”.

Su caso es similar al de Marina. Las mentiras, los bulos y los rumores falsos la apuntaban directamente a ella sin saber por qué. “Al principio no le daba importancia, hasta que ya no era una persona la que hablaba mal de ti, sino casi todo el mundo, también los nuevos”. Ese aspecto, según cuenta a 20minutos.es, lo refleja a la perfección la serie. “La gente no se da cuenta de lo grave que es. Siguen a un líder y piensan lo que otros quieren que piensen. Ni creen ni ven que sea para tanto, pero lo es”.

Esa idea la suscribe Mar Valdeita, madre y vicepresidenta de la Asociación Madrileña Contra el Acoso Escolar, cuya hija arrastra un proceso de acoso de larga evolución. “El resto no empieza a rechazarte porque sí, lo hacen porque están siendo manipulados socialmente. A la víctima ni la quieren ni la dejan y por eso van a contaminar al resto”, asegura a este medio.

El acoso a Carmen, ahora adolescente, empezó mucho antes que el de Marina o Luz. El suyo comenzó en Primaria, con 6 años, cuando unas compañeras de clase adoptaron los roles de la serie Patito Feo (la líder, la ejecutora…). Al principio las conductas fueron “nimias”: la dejaban de lado, se reían de sus leotardos… pero al final se prolongaron en el tiempo y “cada vez fueron más los que se fueron subiendo al carro del maltrato”.

Un día, cuando llegó al colegio, las niñas habían hecho un pacto que consistía en que nadie podía saludar o hacer que conocía a la pequeña. Otro día, le escondieron los zapatos y la dejaron descalza. A eso hay que sumarle teléfonos escacharrados (con frases como “Carmen, la bola de carne”) con el único objetivo de ridiculizarla, amenazas en el baño (“eres una marginada, un perro faldero…”) o notas de voz con insultos (“guarra, falsa”) enviadas en verano que terminaron por denunciar en comisaría. En 1º de la ESO el ambiente fue tan hostil que Carmen empezó a adelgazar, a hacerse heridas, a provocarse el vómito…

Los casos de estas tres jóvenes cesaron cuando terminaron sus años de colegio. La vida en la Universidad fue un soplo de aire fresco para Marina y Luz, mientras que para la hija de Mar Valdeita lo fue salir de ese centro educativo. Ellas tuvieron un nuevo inicio que acabó con final feliz, uno que no tuvieron Lucía, Asad o Unai. Los tres, de 13, 11 y 12 años respectivamente, se quitaron la vida después de sufrir episodios severos de acoso escolar. Ahora, Marina utiliza su experiencia para ayudar a otros jóvenes en su situación. Lo hace a través de charlas, donde pone en práctica lo aprendido. “Fuerza de voluntad y recordar que valemos mucho más de lo que nos hacen creer. Normalmente intentas estar bien por los demás, pero se mejora cuando asumes que tiene que ser solo por ti”.

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